Nueva Galería:
ROGER HERRERA: PICTÓRICO BARRANCO
Bosque de música. Roger HerreraBosque de música. Roger Herrera
“Por la esquina del viejo barrio lo vi pasar...”
Rubén Blades
Al amparo del nocturnal manto, en busca de la víctima, carne de turno, rauda,
centelleante, emerge del gabán la puñalada. La calleja, silente testigo y a su
vez víctima también del carnicero oficio, pocos instantes atrás bullanguera y
plena de soleadas sonoridades musicales, presencia los destellos, desbarrancados
y evidentes signos en la quebradura de la noche, a la dentellada del encuentro-
desencuentro, pauta y moledura del sacrificio. La vertiginosa acción en la plenitud
de su puesta, traza, apuesta un universo: El de la esquina, el callejón y sus trazos.
El revés o el envés del desenlace, el Universo-esquina, tampoco se retrasa en cobrar
para su validez, su Universalitas. En este Universal barranco, callejón adentro,
además de caber todos, ocurre todo. Mientras afuera transcurre, desparrama el mundo,
dentro de los límites de nuestras calle- esquina- universo, ocurre un derrame. Universo
aparte, particulares y comunes mundos en esa vivencial geometría: circunstancias de
su quiebre. Al erigirse la consustancialidad e individualidad de cada una de sus “caídas”
erigían cada una de sus existencias.
La escena así descrita, posibles motivos para una pintura impresionista, también sirve
como substrato de esta particular, quizás desbarran cada argumentación: Si el hombre,
por siempre y para siempre producto (constructo diríamos aquí) de sus circunstancias,
los productos o creaciones de cualquier hombre, reproducción a su vez, serían entonces
deducibles, erigibles, a partir de estos despeñaderos. La obra artística: pictórica, musical
o literaria, no escapa de este estar siempre bordeando los precipicios, hirientes riscos
donde los barrancos bordan. Cuesta abajo, en plena caída, aunque este sea un no barranco
o un anti barranco, el artista erige, fragua la existencia de su obra, en sí y desde sí misma,
constituyente de su precipitada, desbarrancada existencia.
(II)
Desde los bordes y limitaciones
de su “esquina”, o de cualquier otra por donde pueda transitar, Roger Herrera, al gozarse
sus barrancos, acrisola en su torrentera espiritual cada uno de esos trances con la única
intensión de circunscribir, empeñar sus intereses y convertirlos en materiales para la obra,
así plasmará esa abigarrada y enriscada circunstancialidad en su pictografía, su otra
existencia: desbarrancada, desgarrada y personal visión del mundo, siendo ella también
otro producto-material de esa específica circunstancialidad.
La obra pictórica de este poeta, elaborada al ritmo, compás de sus vivencias, barrancos
auditivos y visuales, experiencias todas sensoriales, existenciarias, esquinea con ese
vital universo, espacio, marco tutelar de cada una de sus creaciones: San Agustín,
Hornos de Cal, Marín, cualquier barrio caraqueño o venezolano, de esos donde el espíritu
inquieto de este creador ha compartido afectos, amores, alegrías más también ciertas dosis
de odios y tristezas, sirven de insumo vital para su creatividad. Ámbito y substrato
consuetudinarios de “cobros de peaje”, riñas, peleas a cuchillo y cualquier suerte de
crímenes y barrancos, sus peculiaridades urbanos y sus ruidos sociales, no obstante, son
el nutriente desde donde la sensibilidad de este parroquia hace brotar la poética, la savia
y los motivos de sus cuadros. En esas esquinas se inician los “barrancos”, preámbulo y
final (siempre festivos) con los que sus “marginales” pobladores tras finalizar la chamba
escapan del sometimiento de la “Gran Urbe”. Erigidas en lugares de encuentros y.
desencuentros, devienen en ágoras, cosmos alrededor se tejen y entretejen los sutiles
invisibles conductos por donde circulan esas miles de “anodinas” historias que otros,
junto con Royer se ha empeñado, empeñan y empeñarán toda la vida en rescatar del
polvoriento olvido, ya sea inmortal izándolas en la letra y ritmo de una canción:
(III)
Somos la melaza que ríe/ la melaza que llora/ Somos la melaza que ama / y en cada beso
es conmovedora/ por eso vivo orgulloso de su colorido/ Somos betún amable de clara
poesía/ Tienen su ritmo, tienen melodía / las caras lindas de mi gente negra, / (…), o
en las pinturas en las que creativamente, al homenajear a los músicos y orquestas del
Caribe, vierte la sabia de cada una de las partituras de las canciones interpretadas por
estas agrupaciones musicales en su propia creatura, rinde a su vez homenaje a esos
anónimos seres, concentrándose en ellas el más notorio e influyente motivo en la obra
de este artista, la Rumba o barranco musical.
En un abigarrado collage de cuadros, colores y músicos presentes en el amplio escenario
o tarima improvisada, con su inspiración, entre inspiraciones y espiraciones, bajo los
acordes de su desencordada paleta, Roger Herrera, compone su gran ópera prima visual.
De cada uno de los latidos de su alma se derrama el aceite. Barniz con el que lustra y
muestra las notas musicales que cada fin de semana sacuden la barriada confiriéndole e
existencia y consistencia a la esquina. Así, al internarnos en un acompasado deambular
por los vórtices de ésta vivencial geometría pictórico-musical podemos apreciar la
fronda de los árboles que promocionan sus especificidad a los bosques de música I, II, III,
y IV. Al emerger de tal boscosidad y acercarnos a la tarima, ante nuestros ojos se asoman
los sonidos de Los hermanos Lebrón (óleo sobre tela), El Mocho Palmieri y sus fantasmas,
la Orquesta La Perfecta, La Banda de Tito Puente, El Pito y el Sexteto de Joe Cuba
(Óleos sobre telas).
Listos sus músicos e instrumentos para el gran afinque. Ya desparramado el musical
barranco, la rumba llega a su clímax, en pleno apogeo de la descarga musical, Roger
Herrera pone a convivir en sana paz a la Policía y Rumba en San Agustín (óleo y
collage s/ t). No falta en este espectáculo el obligado y acostumbrado solo de Día
de trombones (óleo s/t), y en el homenaje a Louis Amstrong y al gran río que
atraviesa la selva amazónica, Orinoco Jazz (acrílico s/ t), esquina de agua
transitada en varias oportunidades desde su desembocadura hasta sus cabeceras, y
donde el artista trabó conocimientos con los parroquianos del callejón selvático.
(IV)
Quizás producto de estos recorridos, los sonidos del Gran río y de la selvática
esquina hayan servido a este inspirado pintor para no olvidar la natura e irrigar
nuestra cultura con las partituras de Música acuática, Música para animalitos
y Música para niños.
Si de algo puede estar seguro cualquier asistente a esta Jam sesión es que al finalizar
de presenciar este desenfreno musical no habrá riñas ni peleas, tampoco se sentirá
defraudado por la calidad del espectáculo. Al alejarse podrá comprobar cómo su
espíritu deviene en alegre al sentir el regocijo y el agrado de poder haber
presenciado, degustado y compartido con nosotros la rumba pictórica, amenazada
por los cuadros y músicos de Roger Herrera
Gilbert Petit. / Caracas, 2003
Pintura original de Roger Herrera: Palmieri y el Gato
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