Mural de la poesía:
Poemas de Francisco Arévalo
XXXVII
Nota de
taxi
Desde la comodidad de tu sombra ordenas mi mesa
Este año guardé el otoño en mis bolsillos
Y no le presté atención al invierno
Quien me discute
Que la fruta del odio es la amargura
Y que la garganta oscura de la duda
Termina por engullirnos.
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LVII
Nunca desnudes los ojos ante quien te incita
Que no sea el asombro un esbirro
El recorrido final en la penumbra
La búsqueda señera de las palabras precisas
Nunca busques el sentido a las orillas
Allí lo que no tiene claridad
Esos puños que se levantan para no decir nada
Cuando las voluntades están torcidas
Por tanta sangre cansada
Qué terrible y difícil es el oficio de olvidar.
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LXV
Finalmente lo que cuenta es:
Amo, pienso y escribo en esta lengua
Con el olor y sabor de las recaídas
El ojo festivo del río que me mira infinito
Finalmente es esta luna con angustia
Lo que me reafirma en este costado del mundo
Tener claro que mi memoria no vive de retrasos
Los ángulos de la piedra difusos pero también espléndidos
El canto trenzado del gallo en lo remoto
Las aguas revueltas que no se fatigan
Amo esta tierra con sus fuertes condimentos
Aquí me siento en el centro de la querella
Sin querer ver cierta amargura que salpica
Mis corazones triturados en tiempos de aguacero
Llegar a la conclusión
Que escogí una habitación triste para el descanso
Donde viven las cigarras y lo vital de los estambres.
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LXXVI
Levanta la cortina para que veas el cielo telerañoso
Sonoro y determinante cuando se empata al río
En las derrotas hallamos la medida de nuestra infinitud
Los registros de la ruina con su encanto en la helada
sonrisa del arcoíris
De qué enjambre nos expulsaron y en qué espalda yace la
decisión
Siempre llegamos al remolino con su melodía que nos azota
El charco que nos abraza hasta las rodillas
La mirada de vereda con nuestros antepasados
Si el descuido nos toma del brazo en una esquina
No hay que ponerse necio
La tarea es zambullirlo en el aburrimiento
Porque la mujer pálida de tanto dar amor yace desparramada
Y volveremos a los paredones donde colgamos amores
hipotecados
La antorcha con olimpiada personalísima
El estuche con nuestras canciones que no apareció
Allí están los bostezos de resina con sus chimeneas
La vulgaridad del pavimento tragándose las palmeras
Para acariciar los capullos de febrero viendo los gavilanes
acechar
Desheredados y tajantemente audible en el vacío
Apaleado y desnudo en la trinchera de algún amor tropical
Es en la hegemonía de la seda, trozo de melancolía
El sabor a tortura deliciosa de la mostaza con rebeldía
Que acostumbra enderezarme el espinazo.
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LXXXIX
Yo entiendo
Que el PODER nos pasea
Sienta a veces
Y nos increpa en alta voz:
AQUÍ ESTOY
Y no estás fuera para el ejercicio perruno de obedecer
Y él
Es lo que más se le parece a un suculento cuerpo del delito.
**
CXIII
No es para que hagamos de este instante un desfiladero
Tampoco hagamos de este mundo un barranco
Que afila el remolino de las miradas
Cuando se camina el pasional desierto que a cada quien le
toca
Ante los pasos de la sordera no hay cicatriz que valga
Si se limpia con distancia el hollín de vivir en esta ciudad
Que suele ser campestre, coloquial o ultramoderna
Manejar con prudente velocidad los días encapotados
Porque es en el invierno de las rupturas
Que nos hemos construido la crudeza de la guardia
El papel de resignados ante tanta barbarie vestida de savia
Que invierte cada paso y ahoga
No es para que hagamos de la arbitrariedad
Instrumento de uso, política de respiro
Siempre hay una puerta de claridad que nos espera.
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Cerodosochoseis
Francisco Arévalo
Razón
del noctívago
Cuál es el origen
de la desfiguración de la noche
Que atornilla filosos clavos
en las sienes
Cuál es el origen
de esta oscura claridad
que alberga pupilas congeladas
donde no entra la generosidad del sueño.
(de “Razones de noctívago”, 2005)
XIV
Libre de la ventolera
La amargura de este viernes un pulgar fracturado
Roncos vuelos de guitarra
A esta hora quién vomita la médula de su cautiverio
Luz chillante de la ciudad que bosteza
Cimientos desguazados por el pálpito del fósforo
En este viaje en canoa y su paulatino libertinaje
Malabaristas de tiempos borrosos
El maternal ojo de la tijereta revoloteando la ranchería
Es menester que apartemos el melindre
Reconozcamos
Ante ti somos caterva de arañas tejedoras de ruinas al unísono.
(de “Más sobre el río”, 2012)
La
alhambra
Amor a qué le temes
A la verdad de mi trajín
Que ha concluido en una sonora derrota
A tus fuerzas que no dan con lo alto del muro
A tu colección de suspiros
Que se han quedado en la rama de un nogal solitario
No cuesta nada reconocer
Que la verdad tiene trozos de desesperación
Sobre todo cuando su peso
No es el de una servilleta en desuso.
Granada 10 de septiembre
(de “Adiós en Madrid”, 2007)
26
Yo leí en tu mirada el angosto camino de regreso
Sin tropiezos ni falsas medidas
Las gotas en el tocador y tus caprichos
Yo vivía decapitando mis dudas
Porque la perfección suele ser un asunto de rufianes
En espera del amanecer
Cuando tus palabras eran el punto y aparte
Las notas que no convencieron en mis saludables
[madrugadas
Fue cuando comprendí que mi silencio desesperaba
El hilo festivo en la calle
Para liquidar ausencias y el pasado herrumbroso
Arista duradera que llevas en la piel
Yo leí en tus pezones cartas de prisioneros
Un coliseo sin espectadores
La pintura de la novia sola y sus maravillas
Que te ilusionan hasta perder la mirada.
(de “Adiós en Madrid”, 2007)
TRISTÁN E ISOLDA
Ilustres los amantes
que son como la palma salvaje cuando la brisa sofoca
el odio cordial que no se encuentra con la mirada
y no hay puentes que liquiden la incertidumbre
porque esos amores ilustres
se alimentan de muchas noches con dudas
de muchos días donde se asoman las armaduras
tan solo pensar en un castillo de fresas para disparar la tregua
las ventanas abiertas con jadeos
las herraduras de los aeropuertos con sus latidos
es en la superficie de los espejos
donde los amantes juntas sus secretos
la rígida descomposición del paisaje en los cuerpos
es cuando caen en cuenta que lo frío de la cotidianidad altera
y cierta certidumbre pastosa no es más que un viaje mordaz al
hastìo
ilustres los amantes
que levantan sus aventuras todas las mañanas con las manos en
alto
los pliegues en las sábanas como únicos testigos.
Tan
elemental y simple
Tan elemental y simple es una piedra en el camino
amigo
tan dura y cortante como las arrugas maceradas
en nuestro pecho
Ese invento devoto que poco a poco se nos convierte
en la misma piedra de este camino infinito
Tan confusas y simples son esas hembras
que se sientan en nuestro laberinto
en esa inmensa roca que llevamos a cuestas
que nos golpea hasta desbordar en llantos
que nos ahoga por dentro
Nos atropellan
estampidas de alaridos
Nos circundan inquisidoras
ángeles ululantes
putas que succionan
el poco vino que reposa en nuestro pecho
Tan simple es caer en la piedra
una noche de fantasma
en trance
borracho hasta el último pelo
húmedo de brebaje rojo
como nuestra sangre
Ver llegar los pájaros a nuestras manos moribundos
pareciera simple
acto burdo de este siglo en tinieblas
Cortinas sin fin
arriba el telón
En lo alto de la noche y el sueño
el olor de las acacias
el vino
las nalgas sudorosas de la hembra salvaje
nuestra frágil ánfora
fraguada con sangre de nuestras manos
Tan elemental y simple es una piedra en el camino
amigo.
(de “Razones de noctívago”, 2005)
42
Siento y trato de vivir mis errores
Mi puñal más allá de lo que te atormenta
Tu hendidura derramada
Ese mundo complejo y vehemente de hembra
Cascada, altura de los silencios
Que trepa la normalidad de la tarde
Existe una cruel noche que pisa nuestros sabores
Los costados de la despedida
Alfombra con mordeduras que cubre tu soledad
La trinchera que te refugia y te hace amada.
(de “Herida o claridad del deseo”, 2013)
FRANCISCO ARÉVALO. Poeta, narrador y promotor
cultural. Nació en San Félix, Edo. Bolívar, Venezuela, en 1959. Ha publicado,
entre otros títulos, las novelas La esquizofrenia de las golondrinas (Premio
Fundarte, 1999), Adiós Matanzas en invierno (1999), Tropiezos en el campanario
(2008); dos libros de relatos y los poemarios: Brote (1989), Nadie me reina en
estos parajes de hormigón (1993), Sur (1995), Alcoholes de otra iglesia (1996),
Algo más que baladas agridulces (2001), Agrio de colmena (2001), Razones de
noctívago (2005), Adiós en Madrid (2007), Más sobre el río (2012) y Herida o
claridad del deseo (2013). Ha sido reconocido, entre otros, con los premios
Bienal Eduardo Sifontes (1997), Fundarte (1997), Ciudad de Cumaná (2000),
Premio Nacional de Literatura Alarico Gómez (2007) y ha recibido mención en la
Bienal Lucila Palacios (1998), IV de Cuentos Sacven (2003).
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