Rincón de la poesía:
Elegía
(Alegato a mis primeros XX del S. XXI)
Él, el
ingenuo, dibujando en la blanca tarde sus apetitos.
Él, una vez más, el inocente, ¿habrá sido?
Allí yace, tras sus rejas, encadenado al pensamiento
A la lluvia voraz de sus ideas.
Poeta, húmeda letra
Cálidas arenas de un oro bruñido en tu sangre
Torre de blancos pasillos donde
las vocales son crucificadas
Se ha visto a Paul Celan,
cuchillo en mano
Perseguir las flores del jardín
Preciso, que se le ha visto, cuchillo en mano
Garabatear su último poema sobre el mármol….
.̶ Por favor, guarde silencio, este jardín está
regido
Por un maleante.
Sudoroso perfume de la tarde, acicala la tez pálida
de Eleonora Carrington, antes
de que fenezcan los geranios.
.̶ Disculpe, usted desea algo.
Aquí sólo habitan flores
Con almas de poetas
Llueve, llovizna lluvia sobre aquél que gesticula
ordenanzas sobre pétalos sin
gloria
Lluvia, llovizna lo llueve sobre mojados párpados
acostumbrados a la cámara de gas, a la horca o al miedo.
Es de temer este jardín, administrado por quien harto
de las palabras, las ha ensuciado en su defección.
Blanco y sórdido el palacio, retiene en sus aposentos
a quienes gobiernan la ciudad. Sin lugar a dudas el
esplendor ciega a sus ocupantes.
La ciudad bulle y
agiganta sus gritos, tras la peste lloviznan las palabras.
Se ha visto a Paul Celan
ahogar los gritos
de la horca cuelga el abecedario
Blanco el palacio, blancas torres, blancos los pasillos
Blancos los mármoles, blancas las ánimas que pasan…
Como blancos ataúdes y la blanca
luz de
¡San Miguel Arcángel!
Un
poeta asesinando las palabras…
¿Quién
fue?
¡No
puede ser!
¿Quién pudo ser?
El
Señor que poda, el que acicala las almas
El
bienaventurado del jardín
Antonin Artaud da cuenta de este florilegio, está a cargo
del cuido
y pundonor de cada lila, dalia y
las calas
prestas a la esclavitud natural, al Primer Orden.
Llueve ahora sobre las murallas, sobre las pétreas explanadas
donde a fuer de nobles los Señores no comparten el pan
El
jardín ausente de sí, brilla en su opulencia mortuoria
La
peste avanza enmohecida, lluvia de gramíneas sobre
eriales calvos e hirsutos, aguas salobres sobre zarzas.
De
duelos brilla la opulencia, en el fasto dormitan los presagios
Hora
de encender los hornos, donde arderán los elegidos.
Opulencia haz brillar el ojo del bizco, el abismo es un adagio
Debemos
rasgar el laúd!, cantar la pérdida, lo sido.
Trozar cada pétalo, sanar las hojas bajo el rocío de las lágrimas
Inane la mañana
Voluptuosa la mañana
Suena cruda la guitarra como un grito substraído del pozo
salival de la inconciencia, la ardorosa penumbra de nenúfares
en el
caleidoscopio de febriles arenas que suscriben sus imágenes
rasgando a su vez los vórtices de sombras.
Aguacero de cristales
desplomados en su peso cual un
yunque sacudiendo la corteza
del pensamiento.
Instante, duro instante
permea las aguas de este luctuoso
movimiento donde las subjetividades
provocan el abismo secular y pone
en duda
el oprobioso Contrato social
Nuestra falta de Derechos civiles
Bajo la lluvia pertinaz del egoísmo
Y
la impronta de un suicida amante
de
la inequidad; un loco destila
aromas de jardín, mientras la prole
abuchea, abuchea y
abuchea a la
marica soez que cuchillo en mano
pretende ahogar la palabra.
Caro a su
sortilegio…
¡Cuidado!,
ten piedad del inocente ¿Aquél que tañe la lira,
Podrá en su fosforescencia
incendiar la ciudad?
“pobre del pobre”, del íngrimo y solo,
del desatado
tras la letra hecha polvo en el
papel.
Obturar la razón, eso ha hecho. En este jardín florido
Todos lloran su pérdida
He aquí la florida vega donde batallan los geranios y
petunias, donde gimen las zarzas
en los blancos ataúdes
sin brillos ni peplos, ni armas
ni glorias, en sucias mortajas.
Inocentes
los espejos do reflejan sus almas
Dilatado el tiempo se alarga
y llueven los cristales
En el occiso escenario
de mirarte y de mirarnos
Paul Celan
Cenizoso abandona su ropaje, ha sido acusado
Recibe de nenúfares la savia u aromas del jardín
Niño inocente de la Francia
¿Cuál es el fin de la noche?
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